En la misma herida

Llego a la esquina, sale el viejo en su silla de ruedas, vuelve a ofrecerme, por vez No. 156, el periódico... nuevamente, por vez No.156, le digo que no, que gracias, y le muestro mi periódico gratuito.
Camino y camino, vuelvo a tropezar con el mismo adoquÃn mal colocado, otra vez esquivo ese perro que parece medio muerto medio vivo, pero que no me detengo a averiguar por miedo a que lo medio vivo no sea muy amigable.
Mitad de camino y me toca pasar por el Palacio, el mismo guardia, flaco, no tan feo como fresco, dice nuevamente los mismos piropos, recibe nuevamente los mismos silencios.
Casi llegando, busco, como he hecho en estos últimos cinco dÃas, al haitiano que me vendÃa las frutas y que ha desaparecido. ¿Habrá sido la camiona o el sol?.
Si, realmente cada dÃa puede ser dibujado con los mismos paisajes, pero hoy, hoy no he oÃdo ninguna melodÃa, ni me han ofrecido el periódico...el perro no descansaba en la vereda y ningún adoquÃn se atravesó en mi camino.
El guardia flaco, hoy no tan feo ni tan fresco, permaneció firme, inmóvil y ya no busque ni frutas ni haitianos en la esquina.
No sé lo que pasa, no sé si eres tú que ya no estás en mÃ, o soy yo, que no sé quién soy cuando no me miras.
No sé en que momento ni de que forma deje de existir para tus ojos, pero deje de existir.
Lo supe esta mañana, cuando al mirarme en el espejo encontré una mujer muy distinta a la que dibujan tus palabras.
Me dolió, me dolió ver que amas a la mujer de las letras, a la cazadora de sueños, al corazón libre, fuerte y simple...porque ni esas letras ni esa fuerza me habitan.
Hay una mujer horrible que has descubierto, una mujer que necesita de la caricia, que se enoja ante el silencio del teléfono y que duerme poniéndole tu nombre a las almohadas.
Una mujer que guarda mil huellas en su piel y en su alma...que ha perdido batallas por no tener el valor de pelearlas...que ha lastimado y ha sido lastimada...
Una mujer, que no siempre supo pedir perdón.
Anoche, después de tu adiós, después de comprender que el tiempo, las obligaciones y las mil formas que a diario practicas no te dejaban espacio para mÃ...deje de conocerte. No sé si te diste cuenta, pero ni siquiera me esforcé por acercarme a tus labios, es que ese hombre que estaba sentado a mi lado, ese hombre al que le dolÃa la carne, ese hombre era un desconocido...un extraño que me daba pena...
Bajé rápidamente de ese carro y corrà a mi cuarto para buscar esa foto que me cobijaba cada noche...y ya la foto no era más que eso, una foto, frÃa, sin vida...que me hablaba de un tiempo sin tiempo, donde conocà a un hombre que dibujaba en versos mi sonrisa...un hombre que me construÃa con sus manos, que me hacÃa y deshacÃa en sus labios...
Anoche no dormÃ, vivà el lento velatorio del hombre que amé...
Y ahora no sé como volver a ver, como atreverme a abrir lo ojos para captar un mundo en el que no existes, me pesan las realidades vacÃas de ti...me dañan las canciones, los perfumes, los sabores que están ausentes de tu esencia.
Tengo la tentación de quemar mil libros, de deshacerme de todos los almanaques marcados, memorias de calendario que solo encierran un nombre que ya no me es propio.
Ya no sé que me duele más, si tu ausencia o la ausencia de la mujer que era cuando me mirabas.
HabÃa sido una mañana de arduo trabajo para José, añoraba llegar a su casa, almorzar, dormir su siesta, y asà recuperar fuerzas para seguir por la tarde.
Ya junto a sus niños y su esposa, se dispusieron a comer. Realizaron la bendición de la mesa, y saborearon su bandera dominicana.
Papá, ¿por qué esta comida se llama asÃ? – preguntó uno de los niños
¡Cuéntanos, cuéntanos! – dijo el otro
El padre, resignado ante la insistencia de los niños, comenzó con su historia, sabiendo que ésta, le robarÃa algunos minutos de su sagrada siesta.
II
Todo comenzó con dos niños, David y Moisés...
Hasta mañana niños, vayan directo a sus casas, y que tengan un feliz almuerzo – despedÃa la maestra a cada uno de sus muchachitos
Los hermanos David y Moisés caminaban hacia su casa, el primero con paso ligero, dejando a Moisés un poco atrás.
¿Por qué corres David?, vete al paso, que no hay apuro por llegar – formulaba Moisés
¿Qué no hay apuro?, mi estómago tiene apuro, tengo un hambre de mil dÃas, espero que la abuela tenga algo bueno para comer – voceaba David
¿Algo bueno?, si siempre es lo mismo, lunes arroz, martes habichuela, miércoles carne, y asà sucesivamente; hablas como si la abuela Bienve alguna vez nos hubiera sorprendido con un plato nuevo. Ya sabes que en toda esta isla siempre se come lo mismo, asà lo establecieron desde el descubrimiento – exclamaba Moisés
No me importa, algún dÃa nos va a sorprender, vas a ver, sé que algún dÃa nos dará una sorpresa – gritaba David mientras aceleraba su paso hacia el hogar
Una vez en la casa, se sentaron junto a la mesa, y allà estaba la abuela, con un gran plato de habichuelas, como habÃa adelantado Moisés.
Si, ya se, tenias razón, pero bueno, algún dÃa podrá ser distinto – protestaba David, ante el gesto triunfal de su hermano
Terminaron de comer, levantaron los trastes sucios de la mesa y ayudaron a la abuela a lavar todo.
III
Dieron las dos de la tarde, el reloj marcaba la hora obligada para la siesta.
En Santana, al igual que en todos los pueblos del este, luego de la faena de todas las mañanas, el ordeñe, la cosecha, el riego, los calderos; la vida se toma un espacio de reposo.
Como todas las tardes, la abuela, y sus nietos, se prepararon a tomar su acostumbrada siesta. Los niños se acostaron en sus camas, y Doña Bienve busco su mecedora preferida, esa que tantas veces pensó botar, pero que el cariño y las historias escondidas en cada raspón le impedÃan hacerlo.
Una brisa suave corrÃa por las galerÃas de la casa, que junto al melódico trinar de las aves, completaban el espacio ideal para entregarse al descanso bien ganado.
Todo era calma y quietud, la creación parecÃa estar paralizada; De repente, un extraño grito levantó a Doña Bienve. En un rápido movimiento logró colocarse el calzado y salió a recorrer las inmediaciones.
¿Qué fue ese grito? – se preguntaba una y otra vez, sin poder hallar respuesta. ParecÃa que todo seguÃa en perfecto orden. Se dirigió al cuarto de sus nietos, y allà estaban, los dos sumidos en un profundo sueño. Los miro detenidamente, beso sus frentes y regreso a su mecedora.
Pasaron pocos segundos para que pudiera recobrar el sueño, cuando otra vez se oyó un grito, esta vez más fino, como de una mujer.
Un nuevo salto, otra recorrida por la casa, y nada, todo seguÃa en su lugar. Recorrió dos o tres veces las galerÃas, salió campo adentro intentando divisar la casa de sus vecinos; pero nada, todo el pueblo seguÃa dormido.
Será mi cabeza, tanto bordado me está haciendo daño – Se convencÃa a sà misma de que su imaginación le estaba jugando una pequeña broma
Por tercera vez, doña Bienve decidió tomarse su merecida siesta. No llego a cerrar los ojos cuando nuevamente se escucho un grito, esta vez acompañado de golpes de cacharros, portazos y quejas.
No puede ser, esto no es mi imaginación – Protestaba mientras volvÃa a ponerse su calzado – aquà está ocurriendo algo raro
Salió nuevamente al campo y nada. Recorrió las galerÃas, calma total. Subió al cuarto de los niños, seguÃan en la misma posición que los habÃa dejado. Revisó cada cuarto de la casa, reviso el baño, la sala, y cuando estaba por ingresar a la cocina, oyó un nuevo grito.
Está allÃ, en la cocina – dijo en voz bien baja, para sorprender al bandido. Cogió un bate de los niños y abrió lentamente la puerta de la cocina; al entrar, todo seguÃa en su sitio, no habÃa signos de alguna visita inesperada.
Nuevamente se escucho un ruido, éste provenÃa de la alacena – debe ser una rata – pensó, asà que abrió lentamente la puerta del mueble y quedó atónita ante lo que vio.
Los vecinos acudieron a la casa al oÃr los gritos de doña Bienve, al igual que sus dos nietos. Nadie podÃa tranquilizarla, le dieron agua, la abanicaron, hasta que al fin lograron que tomara aire y les contara lo que habÃa pasado.
Todos escuchaban atentamente su relato, pero antes de concluir, estallaron de la risa.
Se ha vuelto loca – sentenciaban algunos
Quiere reÃrse de nosotros - murmuraban otros
Esta loca, sabÃa que pasarÃa eso, es que tantas horas bajo el sol bordando quien sabe que cantidad de disparates – se atrevÃa a profesar el más anciano de todos
Uno a uno fueron retirándose, dejando a Doña Bienve sola; delante de ella sólo quedaron sus dos nietos mirándola con los ojos bien abiertos, sin decir palabra. Se alejaron ellos también, dejando a solas a Doña Bienve, que sumida en lágrimas, no dejaba de repetir una y otra vez lo que habÃa ocurrido.
Pasaron los dÃas, los vecinos ya habÃan olvidado a Doña Bienve y su historia, nuevos chismes los entretenÃan.
IV
Dieron las doce de un viernes, David y Moisés marcharon hacia su casa, y como todos los dÃas, David albergaba la ilusión de una sorpresa. Llegaron a la puerta, la abrieron de un empujón y algo les extraño. Era viernes, debÃa oler a habichuela, sin embargo, el ambiente estaba impregnado de un sazón asombroso, algo desconocido para ellos, pero exquisito.
Corrieron a la cocina, se ubicaron en sus sitios de siempre, y allà estaba Doña Bienve, con un plato fantástico para cada niño.
SonreÃa David complacido, al probar el primer bocado, dirigiendo una mirada triunfal a su hermano.
Ya sé, tenÃas razón, siempre hay lugar para una sorpresa – Murmuraba Moisés y saboreaba feliz este nuevo plato, al que llamaron Bandera Dominicana
V
Papá, el cuento es muy bueno, pero...¿Qué es lo que vio doña Bienve? – preguntaba el mas pequeño de los niños
Si papá, ¡cuéntanos!, ¡Dinos que vio! – insistÃan los muchachitos
Esta bien, se los voy a contar, de la misma forma que la abuela se lo contó a sus vecinos, pero espero que no se burlen como lo hicieron ellos – concluyó el papá
VI
Cierto dÃa en mi alacena, estalló gran alboroto, me acerque sigilosa a escuchar esas extrañas voces – comenzó Doña Bienve – Era como si yo no estuviera allÃ, todos los elementos de mi alacena, habÃan cobrado vida, y sostenÃan en siguiente diálogo
¿De donde vendrÃan esos ruidos? – Preguntó Doña Sardina
¡Silencio! – Gritó el Salero – Don arroz duerme en el caldero
¡Ya es tarde! – Protestó el arroz – Se me ha pasado el concón
Doña leche cultivada, ¿Acaso es usted quien grita? – Preguntaba la Sardina, perfumada y muy curiosa
No Señora, se equivoca, no soy yo la que protesta, vaya allÃ, con mi vecina, la
habichuela y sus hermanas - contestó Doña Cultivada
Y allà fue Doña Sardina, al final de la alacena. Entre tÃmida y curiosa, se acercó a la
residencia.
Yo me mudo – gritó una – esto ya no se tolera
No te vayas – voceó la segunda – hablando todo se arregla
¿Qué ocurre? – preguntó Doña Sardina
Es que mi hermana – Dijo La Habichuela – Cada dÃa esta más gorda, y esa lata tan
estrecha, ya no cobija, sino que ahoga
No tardo ni dos minutos, en correr la gran noticia: “¡Se cansó doña habichuela, de compartir su latita!”.
Toda la cocina preocupada, realizo una reunión, que entre gritos y opiniones, no llegó a solución.
¿Y el arroz? – Dijo la leche – Él no vino a la reunión
Fueron todos a buscarlo en su caldero mansión.
Y allà estaba Don Arroz, de gran fiesta en su mansión, con él bailaban juntas, las hermanas Habichuelas.
¿Qué pasó con su pelea? – Pregunto Doña Sardina
Juntas crecimos en esa lata, pero hoy tenemos nueva casa – cantaron todas las
hermanas.
Asà es – Dijo Don Carne, que ya estaba unido al baile.
VI
Y esa es toda la historia – concluyó el padre
¿y es cierto eso? – preguntó uno de los hijos
Papá, no nos mientas, eso es todo un invento – sentenció el otro
¿Si es verdad?, no lo sé, sólo sé que el primer plato de arroz, habichuela y carne, lo comió mi abuelo Moisés – concluyo el padre, y se dirigió a dormir su siesta
Los niños lo acompañaron, dejando dormir en la cocina, los restos de lo que habÃa sido un gran almuerzo: arroz, habichuela y carne guisada.
Y asà pasaron los años, y jamás se ha vuelto a ver, un arroz blanco solitario, ni
una habichuela lejos de él; cada tanto con Don Carne se juntan para ser “La Bandera
Dominicana” que en toda mesa se deja ver.
¿Cómo comenzar esta historia sin que las lágrimas ahoguen mi garganta?. Yo la vi, allÃ, en medio de todos aquellos que nunca se atrevieron a amarla, a conocer la autenticidad de esa mujer o niña...ya no sé.
Fue un viernes, sÃ, lo recuerdo bien. Era una tarde calurosa de viernes. Me paré frente a mi ventana y allà estaban, cientos de niños corriendo alegremente; basando su sonrisa en la infinidad de aventuras que significaba la llegada del fin de semana.
Y cuando parecÃa que la alegrÃa invadÃa todo, vi salir esa niña nube, aún esta grabada en mi mente su imagen, delantal blanco con tablitas prendido detrás, dos colitas prolijamente atadas, zapatos Guillermina, y un par de ojos tristes que impedÃan encontrar en ella a una niña.
¿Cuál puede ser el motivo de tanta tristeza?. Yo, entre curiosa y angustiada, no pude sacarla de mi mente. Será una mala nota, la familia, una amiga, ¿qué puede ser tan grave a sus apenas 6, 9 o 12años?...
Este encuentro se repetÃa, viernes tras viernes, año tras año. Cada tarde, a la misma hora, me asomaba a mi ventana y la veÃa. Vi como esas dos colitas se transformaban en una, en cabello suelto, en reflejos....y vi como ese delantal durmió para dar paso al uniforme, la minifalda, los zapatos de taco...pero sus ojos, ellos seguÃan igual, y la tristeza no envejecÃa, y por cada año, le regalaba mas huellas.
Noche tras noche luchaba por borrar esa imagen, por sacar de mi mente esos ojos, que como estacas perturbaban mi paz, mi orden.
En repetidas ocasiones quise evitar mirar por esa ventana, la tristeza de esa niña comenzaba a pegárseme, a influir demasiado en mi vida; pero no lo lograba, algo de mà me empujaba a mirar.
Son incontables las veces en que intenté levantar mi mano, saludarla, regalarle una sonrisa, pero mis miedos, mis inseguridades no me lo permitieron.
Mas de una vez, la vi dirigir sus terribles ojos hacia mi, como sabiendo de mi presencia diaria, pero en esos momentos yo solo podÃa huir, mirar hacia otro lado. Aunque mis esfuerzos eran vanos, yo sabia de su existencia, su tristeza ya me habitaba, asà que tome una decisión radical, clausurar esa ventana, tapiarla.
Al pensar en la idea, imaginaba el rostro de esa niña al ver mi ventana cerrada y sentÃa culpa, pero el deseo de huir fue mas fuerte; asà que en cosa de horas, mi ventana desapareció, y con ella... la niña de los ojos tristes.
II
El imponente ruido de la sirena comenzó a molestarme, escuchaba a mi madre gritar, sollozar, y no podÃa comprender nada.
Cuando abrà mis ojos, me encontraba en un cuarto de hospital, algunos amigos y mi mamá aguardaban sentados en un sofá.
- ¿Qué ocurre?- pregunté extrañada - ¡Por que estoy en este hospital?...
Note que mi madre bajaba su rostro, mis amigos buscaban refugiar su mirada en los cuadros que colgaban de la pared.
- ¡Contéstenme!, ¿qué es lo que pasó?, ¿por qué no hablan?
Mi madre fue la primera en romper el silencio.
- ¿Realmente no recuerdas nada?...no puede ser, si fuiste tu misma...
Una enfermera ingreso a la habitación, interrumpiendo las palabras de mi madre.
- Silencio por favor, es hora de retirarse, la joven debe descansar
- Pero...esperen...Mamá, dime que paso....- grite y grite, pero no respondÃan, uno a uno se retiraron de mi habitación, dejándome en completa soledad.
La noche caÃa, yo intentaba buscar en mi cabeza los recuerdos de ese dÃa...nada, solo tenÃa en mi mente la mirada de aquella niña...
Un médico ingreso a la sala, y aproveche para interrogarlo.
- DÃgame doctor, ¿qué es lo que tengo?...
- No es nada grave, va a recuperarse pronto, por suerte la encontraron a tiempo y no ha perdido demasiada sangre
Se retiró del cuarto, dejándome aún más confundida. “¿Demasiada sangre?”, pero...¿Qué me ocurrió?..., y empecé a inventar mil posibles causas.
Miré mis muñecas, ambas estaban cubiertas con vendas.
- Ya sé lo que pasó, seguro que mientras estaba tapando la ventana me corte o algo, y como la sangre me impresiona, caà desmayada – me convencà de esta historia, al fin de cuentas, lo último que recuerdo fue la decisión de cubrir esa ventana.
Pasaron los dÃas, fui recuperándome lentamente. Mi madre y varios de mis amigos me visitaban cada tarde, pero con ninguno volvà a mencionar el accidente, aunque nunca comprendà el porque se incomodaban tanto cuando querÃa hacerles alguna pregunta.
Llegó el dÃa del alta y mamá se propuso convencerme de pasar un tiempo en su casa.
- Mi casa es mas aireada, tiene mucho espacio verde, te hará bien estar un tiempo allÃ, lejos de todo
- ¿Lejos de todo?, ¿lejos de qué?...lo único que yo deseo es regresar a casa, acomodar todo, de seguro que habrá quedado un gran desorden
- Realmente hija, serÃa bueno que no estés sola, hasta estar recuperada del todo
- Mamá, no insistas más. Mira, el tiempo en que estuve en esta clÃnica me ha servido para pensar mucho...llevo años postergando decisiones, proyectos, por vivir siempre escondida tras el miedo...pero se acabó, quiero empezar a vivir mi vida, y lo primero que haré es esperar a que llegue el viernes y salir al encuentro de aquella niña...
- ¿Niña?, ¿de que niña me hablas?
- De una niñita que todos los viernes veo desde la ventana de mi cuarto, esa que intentaba cubrir cuando ocurrió el accidente
- Hija mÃa, en tu cuarto no hay ninguna ventana...el dÃa en que te encontramos, estabas tirada frente al espejo de tu cuarto, rodeada de vidrios y con un martillo en la mano
III
Pasaron años desde aquel “accidente”. Me case, tuve dos hermosas niñas, que hoy son mi más grande tesoro. Junto a mi marido velamos por ella, creando un ambiente donde el diálogo y la confianza permitan que se sientan seguras.
El pasado es una realidad, un camino transitado, pero el saber que existe, el hacerle frente y ya no huir, me permite ser libre.
Ya no cargo las anclas de la culpa, ya no vivo el miedo a la entrega...y todas las mañanas, antes de comenzar con mis tareas diarias, me paro frente al espejo, abro la ventana de mi alma y saludo a la niña de ojos tristes que fui, que hoy sonrÃe tras las arrugas que los años me han regalado.
Fin
LA VIDA NOS ENSEÑA
La profesora decidió finalizar el ciclo lectivo con una pregunta:
- ¿Qué han hecho este año que haya valido la pena?
Busqué una y mil respuestas en mi cabeza. Los minutos del reloj corrÃan; y yo, seguÃa mordisqueando mi lápiz, intentando hallar las palabras.
Recordé mi carta al presidente de la Nación, a Greenpeace, UNICEF, el Stand de ecologÃa...y a medida que los recuerdos envolvÃan mi cuerpo, todo a mi alrededor fue perdiendo sentido.
Ya no me encontraba en el aula, frente a mis ojos divisé uno de los paisajes más hermosos que habÃa visto este año, Punta Lara, un pueblito de Buenos Aires, bien alejado de la ciudad, que aún conserva su belleza natural, enmarcada con la inmensidad de sus rÃos.
Eran las primeras vacaciones que pasábamos en familia, mis padres se dedicaron a descansar, y yo quise aventurarme en el deporte de la pesca.
Cogà una de las cañas de mi papá, puse la carnada y la lance al rÃo. Allà pasaban los minutos sin ninguna novedad. Luego de una hora de impaciente espera, estaba por desistir de la práctica, cuando sentà un tirón en la tanza. Emocionada comencé a dar gritos, tiré con fuerza, y allà estaba, mi primer pez, un bagre de tan sólo unos centÃmetros, pero que para mà representaba la más grande de las bestias.
Acerqué mi rostro a él, lo vi danzar en el aire, aún queriendo luchar por su vida. Luego de enseñarlo a mis padres, decidà que era hora de volverlo al agua, pero no se podÃa. HabÃa mordido el anzuelo de tal forma, que fue imposible desengancharlo.
Me sentà aterrada, busque ayuda en uno de los expertos pescadores que allà frecuentaban, no podÃa dejarlo morir, necesitaba salvarlo; el hombre cogió el anzuelo, tomo un cuchillo y se retiró hacia un costado. Luego de unos segundo, se acercó a mÃ, abrió mi mano y depositó sobre ella, mi primer vÃctima en dos partes.
Las lágrimas visitaron mis ojos, y escapé del escenario para evitar la vergüenza de sentirme una asesina. Busqué un espacio de césped y allà realicé un hoyo, la tumba de esta pobre criatura.
Ese dÃa comprendà que no podÃa confiar en los adultos para realizar milagros.
-¡JazmÃn!, despierta, es tu turno – dijo la profesora, despertándome de este sueño en el que me encontraba.
Parpadeé varias veces para entender donde estaba y logré recordar la consigna de la clase. Un extraño valor se cobró vida en mÃ. Me puse de pie y con una seguridad que disfrazaba de héroe mi cuerpecito de diez años dije:
- Yo, en mi quinto curso hice algo que valió la pena, yo quise cambiar el mundo, pero nadie quiso ayudarme.
- ¿Y te has dado por vencida? – preguntó la maestra, con cierto aire de curiosidad
- No, no señorita, sólo que aún no he descubierto la forma.
Datos personales
- Romy
- Cada nuevo libro es una danza interminable de mundo en mundo, de palabra en palabra.
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